Al principio me pareció un modelo a copiar: el estado subvenciona cursos de idiomas a extranjeros y los prepara para la vida en el nuevo país con información necesaria para el día a día, como dónde encontrar un médico que hable su idioma o cómo funcionan las redes de transporte en su ciudad. Las VHS (Volkshochschule) de toda Alemania se dedican a impartir estos cursos de integración. Cada uno cuesta 266 euros, aunque el estado los rebaja a 100 euros, y tiene una duración de 100 horas, que se realizan con clases de 3 horas y media de duración, cinco días a la semana durante un mes. Los que quieren conseguir la integración alemana tienen que hacer 6 cursos e invertir obligatoriamente 600 euros.
Las requisitos no son sólo económicos, también hay que tener una disponibilidad horaria para realizar los cursos: todas las mañanas de 8:30 a 12, con descanso de fin de semana, durante 6 meses ininterrumpidos. Esto implica la imposibilidad de trabajar a jornada completa durante esos seis meses, algo muy alentador para una persona que va a otro país a abrirse camino porque en el suyo no tiene oportunidades.
El curso es de asistencia obligatoria y se permiten tres faltas injustificadas, a la cuarta se expulsa al estudiante de la escuela sin oportunidad de volver. En esa situación la única forma de continuar con la integración es inscribirse en una VHS de otra ciudad. Por cada falta el departamento de inmigración es avisado además de seguir un control mensual mediante inspecciones a las escuelas, para “echar un ojo”.

Pero la integración no se limita a esto, también incluye un curso de 30 horas sobre cultura alemana y un examen final. Los que suspenden no obtienen la integración, lo que quiere decir que no pueden residir en Alemania y tienen que irse del país. Lo único alentador es que el estado es bastante benévolo y facilita varias prórrogas de un año a los malos estudiantes.
En los cursos no sólo se aprende gramática alemana, también se estudian las fiestas populares, costumbres o la estructura política del país (que incluye conocer los nombres de los ministros). Y yo me pregunto :¿cuántos españoles no conocen el nombre del ministro de justicia del estado español?.
Alemania permite pues, la entrada de ciudadanos no europeos, pero sólo de aquellos que sean capaces de adaptarse a su modo de vida. El disfraz de aceptación hippy-festiva de nuevas culturas deja entrever, entre costuras, un nacionalismo del que todavía no han sido capaces de desprenderse.
Claro, pero los resultados son buenísimos: sólo inmigración responsable, trabajadora, con una base económica y con más conocimientos sobre la historia política alemana que muchos ciudadanos alemanes.
Eso no es integrar, es alemanizar.













